Se trata de un conjunto de figuras humanas -hombres y mujeres- colocadas sobre bases de inspiración totémica, que invitan a detenerse en la vorágine actual, detenerse a contemplar. Como señala el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, contemplar es "ocupar el alma con intensidad" para pensar en el hombre, en Dios, en el yo y en el otro. Solitarias e interrogantes, estas esculturas están cargadas de misticismo y, sobre todo, de un descanso de alma. Así, autónomas o en grupos, conforman un ritual personal, para mirar el mundo y reflexionar sobre él.
María Eugenia Sahli estudió Arte en la Universidad Católica. Se inició como pintora con una obra centrada en la figura humana. Con el tiempo, fue integrando el paisaje en su pintura, logrando una conjunción entre mujer y bosque, como metáfora y parte de un mismo cuerpo.
La necesidad del volumen le llevó a trabajar la escultura, interesándose específicamente en la cerámica gres por la riqueza de su textura y colores, lo que le permitió conservar el carácter pictórico de su trabajo anterior. También le interesó la cerámica porque, pese a ser un material utilizado como paso anterior a obras en bronce, tiene la cualidad de conservar la huella de la artista, el paso de su mano que modela, golpea, trabaja la materia.
Sus hombres y mujeres, colocados sobre bases rugosas, hablan del hombre ante el mundo y logran unir hombre y tierra, hombre y creación.